martes, 9 de diciembre de 2008

Noé Zamora Mejía


Noé Zamora Mejía es un joven estudiante salvadoreño nacido en Sonsonate, el 20 de julio de 1988. Hijo de Alfredo Zamora y María Mejía, ambos pastores evangélicos en esa ciudad. Sus hermanos son Nehemías, David y Jonatan.

Entre los años 1987 y 1997 sus padres dirigieron una iglesia evangélica en Sonsonate. Noé dice que ha pasado gran parte de su vida en la iglesia, que ha sido una plataforma para desarrollarse y conocer mejor su condición como ser humano. Narra sus experiencias en la iglesia como muy placenteras: dice haber crecido entre las bancas y el altar.


La familia es muy importante para Noé, él considera que él es un reflejo de ella. Más allá de la familia nuclear, con la que siempre ha estado unido, él tiene en cuenta que sus abuelos, tíos, primos, etc., han demostrado lo trascendental que se vuelve todo el tiempo compartido, desde los proverbios y máximas de su abuela hasta las jergas de sus primos. Son recuerdos valiosos, lujosos.


A la edad de dos años, Noé experimentó uno de los sufrimientos más grandes que ha soportado. En casa de su abuela, en el patio, había un caldero con agua hirviendo, esperaban a que enfriara. El pequeño nunca supo lo que era y en el descuido de los adultos, se desplomó y sumergió gran parte de su cuerpo. Fue trasladado de emergencia al hospital, donde pasó más de 10 días.

Luego se recuperaría de cualquier inconveniente experimentado y volvería a jugar con sus hermanos.

Comienza sus estudios en el colegio cristiano de educación parvularia Oasis de Sonsonate. Él escribe algo al respecto:

Desde que comencé asistir al kindergarten, me levanto anticipando al sol. Para esos tiempos, a mis hermanos y a mi, nos bañaba mamá, luego vestía y arreglaba: siempre fue dura al momento de peinarnos; las madres nunca se dan cuenta de lo fuerte que presionan el peine cuando hacen esos caminitos en el pelo de sus hijos, a diferencia de cuando lo hacen para ellas mismas, pues son muy comedidas. Pues uno de esos no tan lejanos días, ya caminando rumbo al colegio, me negué a tomarle la mano a mi mamá. "Dame la mano, Noé" decía ella. "No, si no me caigo. Ya estoy grande". Y seguí caminando con la boca abierta. Era tan inexperto en todo. "Te vas a caer" dijo por última vez. Y me caí. Recuerdo que la corbata roja, que era parte del uniforme, que ella misma había anudado, quedó lodosa y apestosa. "Yo te dije, yo te dije" decía ella y lo repetía, casi llorando, porque las madres atraviesan una especie confusión con sus emociones cuando sus hijos les desobedecen y fracasan: quisieran sentarse con ellos en el lodo y llorar (una, por amor maternal y otra por que cuestan las lavadas), pero reprimen ese sentimiento y optan por regañar y culpar. Seguimos caminando y sollozando, terminando de doblar las últimas esquinas. Cuando llegamos a la portón del colegio, el vigilante me dijo: "¿Verdad que no le diste la mano a tu mamá, Noé?" No respondí. Mi pregunta es cómo lo supo, ¿Acaso todos los días se caía un niño por creerse independiente?


La gente que conoce a Noé en su comunidad lo reconoce por su buen sentido del humor. La mayoría de personas pronuncian su nombre como Nóe, acentuándolo en la letra “o”.


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